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Scorpio Rising

Drive, Nicolas Winding Refn, 2011

Quien no arriesga no gana. Este hecho, tantas veces presagio de las peores hazañas pero siempre crucial para el crecimiento y realización personal, parece sobrevolar las conciencias no solo del director danés Nicolas Winding Refn sino también del protagonista de su última película, Drive (2011), la cual le valió el premio al mejor director en el último Festival de Cannes. La idea de hacer conjugar en un largometraje la urgencia del thriller americano de los setenta con la estética del cine de autores más o menos independientes como podrían ser Sofia Coppola e incluso Wong Kar Wai entre otros, es decididamente arriesgada, como arriesgado es el trabajo que el personaje de Ryan Gosling interpreta en Drive: un conductor especialista que combina los rodajes de persecuciones con su propia persecución de una vía de esperanza vital que le llevará desde los bajos fondos de la cuidad de Los Ángeles hasta la soledad de un apartamento vacío. Sí a todo esto se le suma el eco de la violencia de estética pop del cine de acción de los ochenta, el resultado es una de las películas más interesantes del año pasado, aunque solo sea por corroborar que la búsqueda de nuevos géneros y modos de representación sigue siendo posible también en el cine norteamericano.

Tras unos dos minutos y medio de créditos iniciales absolutamente brillantes e hipnóticos,  la cinta de Winding Refn, autor de la saga Pusher (1996-2005) y Bronson (2008) o Valhalla Rising (2009) entre otras, cuenta la historia de un personaje sin nombre que durante el día trabaja como especialista en algunos de los rodajes cinematográficos de la ciudad y por la noche ofrece sus meticulosos servicios como conductor  al hampa más variada de la jungla de asfalto Angelina. La aparente aunque caótica seguridad del personaje se irá viendo puesta en crisis a través de su relación con su vecina, convertida para él en la última salida hacía el paraíso por la que dejar atrás la autopista hacia ninguna parte en la que parece ir convirtiéndose su vida.

El guión  (adaptado por Hossein Amini a partir de la novela homónima de James Sallis), recuerda en la simplicidad de su punto de partida a clásicos del cine negro americano de los setenta como podrían ser  Punto Límite: Cero (Vanishing Point, R. C. Sarafian, 1971) o Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-Lane Blacktop, Monte Hellman, 1971), y al estilo narrativo del Sam Peckinpah de  La huida (The Getaway, 1972) e incluso del de Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring Me The Head Of Alfredo Garcia, 1974).

La chupa de escorpión: de lo mejor de la película

Sin embargo, el personal (aunque plagado de referencias) estilo visual  que le imprime el director danés a su primera película producida en los Estados Unidos, lleva algo más allá la sencilla historia del personaje hasta llegar a proponer un viaje fatal por el subconsciente de un anti-héroe que se sabe perdedor a pesar de (o debido a) sus propias habilidades al volante. En este sentido, mucho se ha hablado de la interpretación de Ryan Gosling, en esta película. Donde unos ven contención y profundidad psicológica añadida otros no ven más que una sucesión de miradas de autocomplacencia que no hacen más que ahondar en la planitud del personaje. Lo cierto es que, de cualquier manera Gosling es perfecto para este papel precisamente por suscitar ese debate ya que, en la imposibilidad de su personaje para ser comprendido por los que le rodean radica buena parte del sentido del guión de esta película. A su presencia se suman las de Carey Mulligan (An education, Lone Scherfig, 2009),  Ron Pearlman (Hellboy, Guillermo del Toro, 2004) y  los televisivos Cristina Hendricks (la pelirroja explosiva de la serie Mad Men, Matthew Weiner) y un Bryan Cranston en estado de gracia tras su particular resurrección mediática gracias a la genial Breaking Bad. Todos ellos rinden a un gran nivel en la película, no obstante, son la puesta en escena y de forma especial la dirección los aspectos que brillan por encima de todo en Drive. Bajo mi punto de vista, se trata de una de las películas mejor dirigidas de los últimos años en el cine estadounidense. Desde los créditos iniciales hasta las feroces  y extremas secuencias de acción (la persecución es de las que no se olvidan), Winding Refn se vale de múltiples referencias estéticas que llegan a conectar puntos tan lejanos en le mapa de la cultura popular como las series  El Equipo A (S. Cannell, F. Lupo, 1983) o Miami Vice (A Yerkovich, 1984) con propuestas cinematográficas completamente diferentes del tipo de Lost In Translation (S. Coppola, 2003). La manera en la que la película pasa de las secuencias de acción a pleno sol a las de corte intimista en interiores (donde se desarrolla casi la totalidad de la relación del personaje con su vecina), resulta deslumbrante.

Bien es cierto que seguramente no se trata con Drive, de la mejor película del año y que pocas semanas después de su estreno parece vislumbrase que a esta película le queda por delante una batalla contra las propias expectativas que un hype fruto de la falta de ideas en el cine americano le echa encima. Sin embargo, no creo que nadie pueda poner en duda la originalidad de su propuesta ni su condición de esperanza para el “trhiller americano de autor” que su estreno supone.

Algo tiene Drive que me recuerda inevitablemente a Peckinpah, quizá sea que su visionado tiene algo que ver con el principio de la fantástica  Grupo Salvaje (The Wild Bunch, Sam Peckimpah, 1969) donde un grupo de niños ríen al verse consumir en el fuego a unos escorpiones como el que adorna la chaqueta de Ryan Gosling en esta apasionantemente triste película.

Melancholia, Lars Von Trier, 2011

Existe en Melancholia una secuencia que bajo mi punto de vista resume la genial premisa en torno a la cual gira la última aventura tras la cámara del pretencioso e imprescindible Lars Von Trier. En ella, las dos protagonistas de la película discuten sobre la forma en la cual deberían prepararse para el final del mundo. En la brillante respuesta de una ellas residen la postura moral y la idea principal de la que muy probablemente sea una de las mejores cintas del danés en los últimos tiempos. Tras la sísmica Anticrhrist (2009), Melancholia (2011), supone de nuevo un ejercicio de exorcismo personal de un director que parece empeñado en demostrar a través de sus imágenes que nada tendrá importancia cuando todo quede reducido a cenizas. Lo curioso es que esta vez, y a través de una puesta en escena sobresaliente, Von Trier se vale de la aparente lógica del cine de catástrofes para radiografiar a la (alta) sociedad europea y a un momento histórico concreto dominado por la falta de comunicación y de porvenir.

La cinta, dividida en dos actos, arranca en los momentos previos a la celebración del banquete de boda de Justine (Kristen Dunst) y Michael (Alexander Skarsgård). A medida que se desarrolla el evento vamos conociendo el entorno familiar de la joven en el cual destaca por su papel cargado de complicidad y resentimiento la figura de su hermana Claire (Charlotte Gainsbourg). Gracias a un reparto tan cósmico como la propia propuesta del filme, donde destacan entre otros John Hurt, Charlotte Rampling, Stellan Skarsgård y un muy convincente Kiefer Sutherland, la celebración termina por convertirse en la perfecta antesala de la segunda parte del relato centrado en la figura de Claire y su postura ante la posible e inminente colisión del planeta Melancholia contra la Tierra.

Lo que podría parecer absurdo e incluso delirante se convierte aquí en una caótica coherencia apoyada en las buenas interpretaciones de la práctica totalidad del elenco actoral. Mención especial merece el dúo protagonista Dunst-Gainsbrourg. Tanto la norteamericana (quien recogió el premio a la mejor actriz por su interpretación de Justine en el último Festival de Cannes),  como la francesa (a mi parecer una de las actrices más interesantes de la actualidad), firman aquí uno de sus mejores trabajos hasta la fecha, articulando un dúo interpretativo perfectamente compensado y enormemente magnético.

Mientras la personalidad de Justine va de la diversión del  caos a la tragedia personal absoluta, su hermana Claire se emplea a fondo en mantener una actitud racional que termina por explotarle en las manos ante la evidencia del final. Por medio de esta dualidad de caracteres Von Trier propone un viaje al final de la noche de los tiempos en el cual los personajes ponen de manifiesto la no necesidad de dejar de respirar para dejar de estar vivo. Evitando el peligro a degenerar en un destartalado tedio, la historia termina por plasmarse en una película tremendamente hipnótica que por pesimista, resulta certera en el reflejo de una sociedad patética y agonizante incapaz de encontrar un lugar donde ponerse a salvo de sí misma.

En este sentido, Melancholia se sitúa en las antípodas del melodrama llegando incluso al nihilismo extremo como es el caso de la secuencia que comentaba al principio de esta reseña. A esto se suma una potencia en las imágenes que remite por un lado al cine clásico de terror y por otro a las pinturas de autores como Millais (la referencia a su Ofelia se repite varias veces a lo largo del metraje) o Cabanel . Por momentos, y puede que se trate de una percepción personal, la estética me recuerda a la película Black Moon de Louis Malle, sobre todo en el segundo acto y posiblemente, la secuencia final se encuentre entre lo mejor que Von Trier ha rodado jamás.

Quizá el único momento en el que a mi parecer las imágenes se saturan por preciosistas es justo al inicio de la cinta y es que, al igual que sucedía en Antichrist, la extrema belleza de estas imágenes no termina por encajar con el resto de la narración tomada casi exclusivamente con la cámara al hombro.

Sin embargo, y aunque acompañada inevitablemente de la enésima polémica protagonizada por su director (sus opiniones sobre la figura de Hitler en el pasado Cannes), la llegada de Melancholia no deja de ser una buena noticia y una innegable muestra del apocalíptico e interesantísimo estado de forma un director inmerso en una personal cruzada por retratar la desconexión entre la inmensidad interior del individuo  y el entorno que le rodea (ya sea una pequeña cabaña en el bosque o el universo entero). Una muy buena película para desquitarse después de aguantar un ‘reality show’ o un programa de cotilleo televisivo.

De opiniones y azoteas

Two Lovers, James Gray, 2008

Otra de las muchas razones por las cuáles el cine es un invento fascinante es el hecho de que, tratándose de cine, todo el mundo es capaz de tener una opinión. Esto es así hasta tal punto que en ocasiones, pudiera parecer que el fin de las películas es recordarnos lo mucho que nos parecemos unos a otros en base a nuestras diferencias a la hora de emocionarnos, decepcionarnos o sencillamente olvidarnos de nosotros mismos en base a la contemplación de  imágenes.

A medida que uno va pasando tiempo frente a la pantalla va desarrollando una manera personal de entender lo que ésta cuenta. Una visión que muchas veces puede diferir incluso de las intenciones u opiniones de los creadores y por supuesto del resto de espectadores.

Esta percepción personal que nos acompaña película a película y reseña a reseña escapa por supuesto al juego de etiquetas entre “comercial” y “de autor” y a todas sus múltiples combinaciones. Esto explica que las historias que a unos nos atrapan por completo a otros les aburren e incluso llegan a aborrecer, creando con ello apuestas personales que defender y que nos hablan de nuestra propia experiencia como espectadores de cine.

En este sentido, el cine de James Gray representa hoy para mí una de las razones por las que seguir creyendo en el cine americano, uno de los referentes más claros en el relevo de ese (para mí) insuperable cine de los 70 en EE.UU.

Sin pasar por ser uno de los directores más conocidos  de la escena estadounidense actual y con sólo cuatro películas rodadas, el estreno de Two Lovers (que ahora se edita en DVD), resultó ser el definitivo encuentro con la crítica de James Gray (sin ir más lejos en la edición española de la revista Cahiers du Cinema muchos de los críticos valoraron con un 10 la película).

Gray es un creador aparentemente clásico. Sus películas remiten en ocasiones a obras del cine negro de los 40 y 50 como es el caso de su segunda película La otra cara del crimen (The Yards, 2000). Los grandes repartos y la promoción de sus películas pueden dar la sensación de estar ante la obra de un cineasta especialista en encajar su estilo personal en la lógica  mainstream (en la onda del genial David Fincher o el mismo Chrostopher Nolan). Sin embargo, hay algo en las historias filmadas por Gray que lleva siempre el planteamiento un poco más allá. Un punto de vista personalísimo que hace del pesimismo y la monotonía de la vida de sus personajes algo verdaderamente espectacular. Un dato que en mi opinión se confirma en Two Lovers, su cinta más personal y probablemente lo mejor que ha rodado hasta ahora.

A pesar de las diferencias con sus anteriores películas a nivel argumental, los personajes de Two Lovers parecen habitar ese mismo mundo que pisaban los hermanos Grusisnki de La noche es nuestra (We Own The Night, 2007) o el atormentado Leo de La otra cara del crimen. Un mundo devastador impreciso y gris, sobre todo gris, donde los personajes intentan luchar contra lo que son en base a lo que quieres o algún día quisieron ser.

La fotografía, una de los aspectos más interesantes en Two Lovers

Con un reparto excepcional encabezado por un Joaquin Phoenix en el que es en mi opinión su mejor trabajo desde En la cuerda floja (James Mangold, 2005), y secundado por una Gwyneth Paltrow que de nuevo vuelve demostrar que es mucho mejor actriz de lo que la mayoría de sus papeles hasta la fecha dicen, Two Lovers es una película sobre el amor y sus múltiples deudas ya sea con el miedo, la compasión, el egoísmo o la culpabilidad.

Cuando Leonard, hijo de una humilde familia judía, descubre que la vida quizá merezca la pena lo hace gracias a lo que llega a sentir por su nueva vecina Michelle, quién con una vida aun más desordenada que la de él mismo es capaz de irradiar energía y ganas de vivir a todos quiénes la rodean. Sin embargo, Leonard también cuanta con el interés que la transparente y sencilla Sandra, hija de una familia conocida y sabedora de los problemas anímicos de Leonard, tiene por su persona.

En esta tesitura, las emociones de Leonard perderán el norte totalmente en una especie de montaña rusa de la desidia, de una forma que sólo el rostro de Joaquin Phoenix podía transmitir.

Con un desarrollo aparentemente previsible, lo importante en Two Lovers no es lo que se cuenta, sino el trasfondo y la lectura ciertamente pesimista que se extrae de una cinta que termina por situar en la cobardía el punto de partida para la estabilidad en cualquier relación de amor a largo plazo. Algo que por supuesto puede resultar discutible pero que, en mi opinión, gracias a la forma en la que Gray rueda esta historia, con un estilo visual entre el Coppola de Corazonada y el Kubrick de Eyes Wide Shut resulta, cuando menos, fascinante.

Paradójicamente, siendo esta su primera película alejada del género negro o thriller, resulta ser hasta la fecha su obra más deudora de la estética de cine negro con un Brooklyn convertido en una enorme jaula donde las  azoteas son el único lugar capaz de obligar a los personajes a mirar al cielo.

En definitiva, una de las grandes películas de este ya agonizante 2010, que viene a confirmar la interesante perspectiva de un creador que parece haberse ganado el respeto de aquellos a quiénes las películas americanas con grandes repartos y presupuestos nos suelen dar algo de pereza. Si faltaba alguna razón para considerar Two Lovers como imprescindible es la enorme división entre los espectadores que su visionado puede llegar a crear. Dónde unos ven aburrimiento y previsibilidad otros vemos una fotografía hipnótica (con una cámara al hombro verdaderamente excepcional), y un planteamiento que por fin trata el tema de las relaciones humanas desde un punto de vista neutral.

Ambas opiniones son válidas y quizá sólo por el hecho de dar lugar a ellas, merece la pena tener una opinión sobre esta película.

Asesinar la Paz

The Crazies, (Breck Eisner, 2010)

Si hay algún reproche que, por repetición, define al cine de género es el del desgaste. El subgénero del cine de zombies e infecciones varias (o survival horror como se la ha dado en llamar por la influencia de los videojuegos), ha vivido desde finales de los sesenta un desarrollo irregular que ha terminado por sentar las bases de una especie de fórmula básica de la cual aspectos como la cantidad de sangre, de supervivientes y  de escenas claustrofóbicas, funcionan como variable.

Desde que el gran promotor de este tipo de cine, George Andrew Romero, filmara en 1968 la totémica Night of the Living Dead, el género de zombies ha servido para plasmar en la pantalla de una manera divertida pero implacable el terror de la vida moderna, la lógica destructiva de la convivencia en los grandes núcleos de población y el fracaso de la empatía en la era del consumo masivo. A esté subgénero se adscribe también el cine de infecciones más o menos locales, capaces de alienar  a la población y devolver (no sólo a los infectados) a un estado primario de lucha por la supervivencia del cual la vida en sociedad les había ido apartando. En este terreno se mueve The Crazies (Breck Eisner, 2010), remake del original The Crazies (Condename Trixie) dirigido por el propio Romero en 1973. Más que un remake, la película de Eisner parte del planteamiento de la de Romero para desarrollar una historia similar pero paralela.

Lo primero que llama la atención en esta cinta es la efectividad de un lenguaje visual que se vale de la tranquilidad del entorno rural del corazón de Estados Unidos, para articular una historia de supervivencia desesperada donde las instituciones encargadas de salvaguardar la paz terminan por asesinarla literalmente (como en aquella mítica canción de Eskorbuto). Lo segundo que sorprende en The Crazies es que, pese a tan manido planteamiento, la buena labor a la dirección, el perfecto timming del guión y unas interpretaciones que terminan por encajar a la perfección más allá de su propio clasicismo, hacen de la película una propuesta entretenida entre las más acertadas del cine mainstream de terror norteamericano del momento.

The Crazies, survival horror clásico y moderno a la vez

Un incidente fatal durante la tranquila celebración de un partido de baseball, amenazará de manera irreversible la paz de la comunidad, personificada en las figuras del sheriff,  su ayudante,  y la doctora del pueblo (mujer del sheriff). A través de la investigación de un torrente de hechos fatídicos sucedidos en el marco de unas horas el sheriff, interpretado por un solvente Timothy Olyphant (rostro reconocible en ficciones televisivas como Deadwood o La Ley de Raylan), irá descubriendo los entresijos de una trama que se apoya en numerosas secuencias de acción, algunas de ellas realmente brillantes.

En base a las normas propias del género, The Crazies combina una hipnótica fotografía con un desarrollo trepidante (conseguido en parte gracias a un montaje sobresaliente), para dar lugar a un resultado final  cuyo único reproche podría ser la transparencia de sus personajes en algunas fases (cuando se supone que la historia intenta jugar justo a lo contrario).

En definitiva, una película de la que no se ha de esperar nada nuevo pero que consigue, a pesar del desgaste mencionado al principio, que el espectador vuelva a entrar en el juego que plantean este tipo de historias como si fuera la primera vez. Secuencias como la del lavadero de coches, disparan no sólo la adrenalina del espectador sino el valor y la condición de recomendable de un film que supera con creces al que le sirve referencia y que viene a revalorizar el talento Eisner responsable de sinsabores como Sahara (2005).

Una buena razón para volver a disfrutar del cine de terror y supervivencia de tono ochenteno, pocas explicaciones y mucha tensión. Algo que veremos si se mantiene en la previsible secuela a la que apunta su planteamiento.

Enlaces:

The Crazies, 2010 (Filmaffinity)

The Crazies (Codename Trixie), 1973

Pues nada chicos, que apovecho para comentaros que he creado esta nueva sección titulada “De cine”. En ella tendrán cabida las reseñas de películas que no necesariamente deberán ser de actualidad. Con este nuevo espacio mi intención es crear un foro de debate más allá de los reportajes, los primeros planos sobre figuras del cine y los artículos. Una sección dónde seguir hablando de cualquier tipo de películas en cuialquier tipo de pantalla. Esta, como  todas las secciones de Operation Kino, tine su razón de ser en vuestra participación, así que por favor sentios libres a la hora de comentar y proponer debates.

Un saludo a todos y muchas gracias!!

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