Operation Kino

Una década de cine

Febrero 1, 2010 · 2 comentarios

Han sido horas y horas de imágenes. Historias, personajes, tramas…Los primeros diez años del milenio han traído consigo, además de algunos de los momentos mas inestables y de mayor incertidumbre de nuestra historia reciente, miles de kilómetros de celuloide sobre el que directores de siempre junto con nuevos talentos, han ido plasmando el sentir de unos años que pasarán a la historia por haber cortado el cuello de cuajo al optimismo capitalista de después de la caída del muro.

Desde los deslices de Bill Clinton con su becaria, pasando por la caída de las Torres Gemelas, el terror de Bush y sus colegas de las Azores, a la implantación total de Internet como medio de comunicación de masas y herramienta esencial para la asociación humana de cualquier tipo.

Los 2000, además de ser la década con el nombre más feo desde los 1000, han sido en el cine los años del principio del cambio. Los de la agonía analógica y el horizonte digital. Años en los que desde la industria del cine se dibujó a Satanás con un parche de pirata vendiendo películas sobre una sábana blanca en cualquier calle mayor de cualquier ciudad del mundo.

Desde cierta perspectiva se podría entender que la principal baja en esta década en el mundo del celuloide ha sido la imaginación, sobre todo por parte de las grandes empresas de este medio. Así, pasarán a la historia de estos años  las infinitas adaptaciones de los grandes estudios de cualquier película que triunfara más allá de sus fronteras, la proliferación de cierto thriller en serie que ha llevado  de alguna forma a la casi difuminación del género, la fiebre por los eternos remakes (fenómeno que no ha hecho más que empezar por lo visto), o la obsesión por conseguir ese taquillazo superproducido que sea capaz de aguantar un par de secuelas como si de un púgil en un combate amañado se tratara.

Sin embargo, y más allá de esta visión algo pesimista, el hecho de que una gran parte del cine se haya centrado en el aspecto económico (ante la amenaza del nuevo horizonte), no ha sido razón suficiente para que desde todas las partes de esta industria hayan ido apareciendo en estos años películas especiales y esenciales para entender el momento. Tanto en forma de grandes producciones como desde la iniciativa independiente, existen películas de esta década que de alguna forma hicieron avanzar la historia del cine y, desde mi punto de vista, pasarán a la historia como precursoras del mucho cine que todavía está por venir.

Por eso os invito a que compartáis en Operation Kino vuestras opiniones sobre cuáles han sido las mejores películas de la pasada década. Sabiendo que uno sólo es capaz de hablar  con propiedad de aquello que ha visto y teniendo la certeza de lo subjetivo que es cerrar una lista de 10 películas entre la enorme producción cinematográfica que constantemente se nos escapa, he intentado elaborar mi lista como punto de partida a la espera de vuestras sugerencias.

Me dejo muchísimas que seguramente si hago la lista otro día estarían dentro (o no…), como por ejemplo El señor de los añillos (Peter Jackson, 2001-03), Dogville (Lars Von Trier, 2003), Good Bye Lenin (Wolfgang Becker, 2003), Zodiac (David Fincher, 2007), Memento (Christopher Nolan, 2000), Las horas del día (Jaime Rosales, 2003), o también El pianista (Roman Polanski, 2002) o El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik, 2007).

He intentado centrarme en las películas de ficción ya que pienso que el género documental, muy prolífico en esta década, nos daría para otra lista de 10 con sus correspondientes descartes, así que :

10. American Splendor (Robert Pulcini, Shari Springer Berman, EE.UU, 2003)

En una década en la cual han sido muy comunes las adaptaciones al cine de grandes cómics, esta cinta, original donde las haya, consiguió convertirse en la apuesta más interesante en el intento de plasmar la magia de la viñeta en la gran pantalla.

American Splendor, mejor película en el Festival de Sundance 2003, cuenta la historia de Harvey Pekar, un personaje tan real como cotidiano que un buen  día decidió que la mejor receta contra la rutina era reírse de ella a través de las páginas del cómic de su propia vida. La originalidad desbordante de su planteamiento, que va desde el documental hasta la ciencia ficción con la rapidez con la que se pasa una página, así como la extraordinaria interpretación de Paul Giamatti convierten a American Splendor en una de las películas más destacables de la década.

9. Hijos de los hombres, (Alfonso Cuarón, Inglaterra, 2006)

Una película que quizá no encontró la repercusión que se esperaba antes de su estreno pero que sin duda se encuentra entre lo mejor de la ciencia ficción reciente. Alfonso Cuarón, un realizador que se mueve entre los grandes encargos como Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004) y películas de cortes mucho más autoral como Y tu mama también (2001), rueda de forma impecable esta historia futurista reflexionando de manera abierta sobre temas tan candentes como la inmigración, las similitudes entre capitalismo y autoritarismo, o el deterioro del planeta.

Esta visión del futuro cercano de la sociedad europea, que además cuenta con un guión excepcional, puede que en su día no obtuviera una atención mayúscula por parte del público pero lo cierto es que a mi entender es una de las mejores propuestas de ciencia ficción de la pasada década.

8. Amores Perros, (Alejandro González Iñárritu, Méjico, 2000)

Gran premio de la Crítica en Cannes 2000, ninguna película antes que está acertó a llevar a las salas de todo el mundo la crudeza y las enormes diferencias sociales palpables en las calles del México DF de este momento. Por medio del relato de las vidas cruzadas de tres personajes diferentes, el debutante González Iñarritu, sorprendió al mundo con una crónica sobre la crueldad de la vida moderna que más tarde se convertiría en trilogía con el estreno de 21 gramos y Babel en 2003 y 2006 respectivamente.

Amores Perros, plasma en imágenes uno de los guiones más redondos y brillantes llevados al cine desde Pulp Fiction (Q. Tarantino, 1994). Su estructura narrativa fue además precursora de toda una corriente artística entre la que se encuentran películas tan exitosas en su día como Crash (P.Haggis, 2004).

7. Historias Mínimas, (Carlos Sorín, Argentina, 2002)

Una película enorme a su manera. Quizá está resulte una de mis apuestas personales para este ranking pero lo cierto es que Historias Minimas es una de esas películas irrepetibles y por tanto dignas de mención eterna. Muy lejos del alborotado Buenos Aires, tres personas muy diferentes emprenden un viaje interior con la Patagonia austral como fondo, convertida en un personaje más de la película.

Carlos Sorín,  tras doce años sin rodar, consigue en esta cinta que cualquier diálogo, paisaje o gesto de los personajes se llenen de significado.

Muchas veces he pensado que Historias Mínimas es una película de Wenders rodada por un argentino. Al igual que el director alemán, Sorín utiliza el espacio abierto para explorar el interior de sus personajes. Sin embargo, y lejos de cualquier pretensión filosófica, se trata con esta película de un homenaje a lo cotidiano, a lo sencillo. Una demostración de que la historia de nuestra vida se compone de multitud de historias mínimas que le dan sentido al conjunto. Sólo por eso se merece estar en la lista.

6. Malditos Bastardos, (Quentin Tarantino, EE.UU, 2009)

Absolutamente genial. Tarantino se convirtió en la gran esperanza del cine gamberro de calidad durante la década de los 90. El enorme éxito obtenido por películas como Reservoir Dogs (1992) o Pulp Fiction (1994), pareció ser de alguna forma demasiado pesado para este director durante la década de los 2000. Aunque sus películas se encuentran también entre lo mejor del momento (Kill Bill, 2003-04 y Death Proof, 2007), lo cierto es que el director no consiguió sorprender de la misma forma al público sobre todo a nivel de guión. Su propuesta artística se dirigía cada vez hacia un cine más desenfadado y su obsesión por la referencia unida a su cinefilia convertía paulatinamente su obra en una especie de collage setentero.

Sin embargo, tuvimos que esperar hasta el final de la década para volver a ver al Tarantino más genial. Malditos Bastardos, la historia de un grupo de judíos anti-nazis infiltrados en la Francia ocupada, cuenta con un guión de esos que sólo el director de Konxville sabe poner en marcha. La actuación de Brad Pitt se encuentra entre lo mejor que ha hecho y el retrato que el actor alemán Christopher Waltz (prácticamente desconocido hasta ese momento) hace del nazi Hans Landa, tiene ya su ingreso asegurado en la historia del cine bélico más atrevido.

5. La noche de los Girasoles (Jorge Sánchez Cabezudo, España, 2006)

Otra de mis apuestas personales para este ranking que sin embargo se gana el puesto muy sobradamente. Se trata de una obra excepcional dentro del cine español reciente. Una cinta tremendamente acertada y fantásticamente rodada que a día de hoy representa uno de los casos más injustos a la vez que incomprensibles dentro de nuestro panorama cinematográfico.

La noche de los Girasoles, pasó casi totalmente desapercibida por las salas y se ha convertido en estos años desde su estreno en una apuesta segura para sorprender a las muchas personas que aun hoy siguen sin haber oído hablar de ella.

Única película estrenada en cine de Sánchez Cabezudo (quien también participo en el rodaje de la serie televisiva Desaparecida, 2007), La noche de los Girasoles cuenta los sucesos ocurridos en un pequeño pueblo montañoso a raíz de la visita de unos espeleólogos.

El resultado es un thriller rural con una fuerte personalidad propia cuya estructura narrativa consigue enganchar hasta el último minuto de metraje.

Resulta  especialmente triste en mi opinión,  que fracasen propuestas de cine español tan interesante como ésta en detrimento de otras muchas cuyo principal valor es la repetición de formatos y contenido. Así, que aunque sólo sea por hacer justicia (que no es el caso), esta película que si hubieran rodado los Cohen sería más conocida que el azafrán, se merece su puesto en el ranking.

4. Mystic River, (Clint Eastwood, EE.UU, 2003)

Bajo mi punto de vista, la mejor película dirigida por Eastwood desde Sin Perdón (1992). Mystic River, narra a través los personajes Jimmy Markum (Sean Penn), Dave Boyle (Tim Robbins) y Sean Devine (Kevin Bacon), una historia sobre el carácter imperecedero del prejuicio, el rencor y la culpa.

Una historia donde el sentimiento de pérdida y la violencia se ponen al servicio de una profunda exploración del alma humana. Y lo mejor es que todo esto se hace mediante una película impecable, tremendamente entretenida y con unas interpretaciones absolutamente impresionantes por parte de la totalidad de personajes.

Existen en Mystic River tanto secuencias inolvidables que se clavan en la memoria del espectador, como conclusiones sacadas a través del comportamiento de los personajes que sitúan a la obra entre las mejores propuestas del cine negro americano contemporáneo.

Por encima de todo esto: Sean Penn (Oscar al mejor actor por este trabajo).

Entre la espectacular carrera de este actor, la encarnación del ex mafioso de barrio Jimmy Markum resulta, para mí, si no la mejor una de sus mejores interpretaciones.

3. Match Point, (Woody Allen, Inglaterra, 2005)

Tras haber entrado en el nuevo milenio de la mano de películas que no causaron especial sensación en el público y la crítica (como Un final made in Hollywood, 2002, o Todo lo demás, 2003), Woody Allen se embarcó en 2004 en el rodaje de la que sorprendentemente iba a ser considerada como su obra maestra.

Todo en Match Point, tiene aire de clásico del cine. La puesta en escena representa uno de los mayores aciertos del cine reciente. Su ritmo narrativo, pausado y tenso a la vez, contrasta con el de la mayor parte de la producción cinematográfica de Allen, siendo Delitos y faltas (1989), el único precedente en este tipo de planteamiento cinematográfico en la obra de este director.

Al igual que las piezas clásicas de Beethoven o Bach, Match Point inspira perfección. El retrato que hace de la decadente alta sociedad británica funciona como fondo perfecto para la historia de ambición, temor y suerte ciega que cuenta esta genial película.

Parece como si el gran Woody hubiera querido resarcirse de su propio personaje y defenderse ante la crítica que condenaba el histrionismo de sus últimos papeles rodando una película sin su presencia, cuya factura sólo está al alcance de los más grandes de la historia del cine. Todo un clásico instantáneo.

2. Mulholland Drive, (David Lynch, EE.UU-Francia, 2001)

Espectacular. En mi opinión, el tiempo situará está película como una obra clave dentro de la historia del cine. Amada por unos y denostada por otros, Mulholland Drive, es una de las películas más hipnóticas y estimulantes vistas en mucho tiempo.

Todo en esta película está al servicio de la experiencia onírica y, como en los mejores sueños, el relato es capaz de convertirse en pesadilla a la vuelta de cualquier esquina.

La obra de David Lynch es sin lugar a dudas una de las más crípticas e interesantes del panorama actual. Con un estilo peculiar y una especie de gusto por el desasosiego y actitud de rechazo ante las presunciones impuestas al espectador, películas suyas como Terciopelo Azul (1984) o Carretera Perdida (1997), han traído consigo siempre la marca del camino a seguir por cierta parte del cine dentro y fuera de la vanguardia artística.

Mulholland Drive, cuenta las historias de Betty, joven aspirante actriz y Rita una mujer amnésica que lucha por reconstruir su pasado. Su guión, aparentemente confuso, cuando es capaz de inquietar consigue conquistar el subconsciente del espectador mucho más de lo que dura el metraje de la película. Pero más allá de todo esto, esta película es importante por su apuesta por un espectador activo e inteligente, capaz de articular una narración personal a partir de la mucha información presente en la película. Un dato que muchos tacharon de pura pedantería en su momento pero que actualmente se ha convertido en el punto de partida de muchas propuestas audiovisuales de éxito como es el caso de la serie Perdidos (J. J. Abrams, 2004-10). Un espectáculo para la vista y una vuelta por el gimnasio para nuestro cerebro.

1. La pianista (Michael Haneke, Francia, 2001)

La mejor película de la década, bajo mi punto de vista. Cruda, terrorífica, misteriosa, rabiosamente original, fría, y sobre todo honesta película del que probablemente sea el director de la década: Michael Haneke.

La pianista parece ser la venganza cinematográfica de alguien que hubiera pasado años de su vida encerrado viendo melodramas clásicos, o historias de amoríos diversos con final más o menos feliz. La cinta narra la relación  de una profesora de piano (una escalofriante Isabelle Huppert), con un joven y apuesto alumno suyo (un tan acertado como natural Benoît Magimel).

De esta cinta se ha dicho de todo. Desde revindicarla como una obra gore, hasta analizarla como una triste historia sobre la perdida de la inocencia y la juventud. Lo cierto es que hablamos  de una cinta radical. Punzante donde las haya, capaz de que el espectador se plantee muchas cosas acerca del amor y las relaciones humanas ya sea a nivel físico o psicológico.

Se trata con esta película de la que posiblemente sea la obra maestra de Haneke (reciente triunfador en Cannes por La cinta blanca), hasta la fecha.

Cualquier aspecto de esta película pone la piel de gallina. Las relaciones entre los personajes son tan creíbles como brutales y es a través de ellos como el espectador llega a entrar en el universo implacable que pone en marcha la narración.

Vista en perspectiva, La pianista, resulta una mirada cruda sobre el estado de las relaciones interpersonales en el mundo actual. Un toque de atención sobre las consecuencias que la cultura del éxito y la disciplina pueden acarrear a la mente y al alma humana. Una película absolutamente imprescindible para todos. Una feroz obra de arte.

Pues nada, dicho esto espero vuestra participación en este debate ya que me ha costado lo mío configurar una lista definitiva. Aprovecho para desearos a todos diez años más de buen cine.

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Ideología inhumana

Enero 16, 2010 · 3 comentarios

La cinta blanca, Michael Haneke 2009

Andre Bazin planteaba hacia finales de los 50 una de las preguntas más estimulantes hechas en el ámbito cinematográfico del siglo pasado: ¿Qué es el cine?.

Mantener viva esta cuestión y avivar la llama de la reflexión constante acerca de cuál ha de ser el papel del séptimo arte en nuestra sociedad, se ha convertido en nuestros días en una de las principales batallas de quienes entendemos el cine cómo algo más allá del puro entretenimiento.

Mientras parte de la industria cinematográfica más importante se empeña en las superproducciones espectaculares a nivel visual pero repetitivas en cuanto a planteamiento y contenidos, alegra comprobar cómo de la mano de ciertas producciones se sigue apostando (con mayor o menor acierto)  por un cine más reflexivo, de mayor implicación social, capaz de mirar a su creador a la cara para contarle algo nuevo sobre sí mismo. Un cine, en definitiva, cuando menos igual de interesante y de mayor importancia documental, que aquel que evoca la evasión total y la ingestión de palomitas ante la pantalla.

En este sentido, resulta destacable que el estreno de la nueva película de Michael Haneke, La cinta blanca (Das weiße Band), comparta protagonismo en la taquilla con títulos como Avatar (James Cameron) o Sherlock Holmes (Guy Ritchie).

Lejos de intentar afirmar aquí cuál de los planteamientos cinematográficos es “mejor o peor” (algo que personalmente me resultaría imposible), lo cierto es que la convivencia en los cines de estas películas vienen a demostrar que el cine ha entrado en esta segunda década del siglo XXI  con la pregunta de Bazin todavía igual de latente.

Hecha esta reflexión, (necesaria antes de hablar de una película como la que en este artículo nos ocupa), he escogido como primera crítica para este blog en 2010, la cinta de Haneke, una reivindicación  del cine de contenido reflexivo y filosófico con la que el creador austro-germano parece haber dado otra vuelta de tuerca más a los rasgos que hasta ahora habían venido caracterizando su particular obra.

Desde el estreno, en un lejano ya 1989, de su primera película, El séptimo continente, el director ha ido elaborando una obra inclasificable que se mueve entre el ensayo cinematográfico (Funny Games, 1999), la reflexión mediática (El video de Benny, 1992) o filosófica (El tiempo del Lobo, 2003), e incluso la puesta en marcha de un nuevo modelo de cine de terror como en el caso de  Caché (2005) o La Pianista (2002), siendo está ultima una de sus películas más valoradas por la crítica, convertida ya en un clásico de la pasada década.

La férrea puesta en escena, el ritmo dilatado e inquietante, así como la polémica generada  por el tratamiento de la violencia en algunas de sus películas, se han convertido en las señas de identidad de un Haneke amado y odiado a partes iguales, sin duda uno de los principales baluartes del cine europeo actual.

La cinta blanca, su onceava película, viene precedida no sólo por infinidad de críticas positivas (las más favorables hacia este director hasta la fecha), sino también por todo un aluvión de premios importantes como son la Palma de Oro del último festival de Cannes, los Premios del Cine Europeo a mejor película, director, guión, o el premio Fipresci a la Mejor película europea en 2009.

A través de la narración de una serie de hechos extraños en una aldea protestante alemana de principios del siglo XX, Haneke plantea una reflexión sobre el germen del auge del nazismo,  las dos Guerras Mundiales, la naturaleza del pensamiento occidental y la influencia de la ideología en el devenir del ser humano en la sociedad de masas.

Una película, rodada y fotografiada excepcionalmente en un hipnótico blanco y negro, que supone su primera incursión en el retrato del pasado como explicación del presente. En ella, Haneke vuelve a tomar los temas que hasta hoy han dominado la totalidad de su obra cinematográfica: la naturaleza tan temerosa como violenta del ser humano y la progresiva deshumanización de la sociedad moderna.

La película supone a mí entender una pieza extraña dentro del panorama cinematográfico actual. Más allá de cierto radicalismo presente en gran parte de la obra de Haneke, La cinta blanca destila sutileza y sobre todo afán por crear su propio lenguaje, algo que termina por ser su mayor conquista y lo que da al resultado final un toque de obra maestra.

Intentando huir de la explicación de lo que ofrece esta película en cuanto contenido narrativo se refiere (creo la cinta, como todas las de este director, gana mucho más si no se sabe nada del argumento antes de verla), voy a centrar mi análisis en su puesta en escena debido a que es en este aspecto dónde la última película de Haneke resulta más excepcional.

La fotografía, la narración en off y sobre todo la genial ambientación de la época que se retrata, hacen que La cinta Blanca merezca la pena para todo aquel que guste del cine europeo más clásico. Y es que, en este sentido, la película podría ser entendida como una reivindicación de las formas del viejo continente, ya que sus imágenes remiten directamente al cine de Carl Theodor Dreyer y su planteamiento inicial al de películas más recientes como Dogville (2003) o Manderlay (2003) del  cineasta danés Lars Von Trier.

Sin embargo, Haneke va más allá de cualquier referencia (por momentos la película parece la versión documental de El pueblo de los malditos, W. Rilla, 1960), para crear en La cinta Blanca un universo particular, angustioso y hermético, dotado de una violencia  tan pasiva como latente. Un universo capaz de retratar al hombre occidental como un ser deshumanizado por culpa de sus propio fanatismos, despojado de sus emociones naturales y puesto al servicio de sus propios odios y temores.

Los niños, parte central del relato en La cinta blanca

De manera contraria a lo que afirma a día de hoy gran parte de la crítica y a pesar de que se trata de una  de sus obras más acertadas a nivel estético, no creo que se trate de la mejor película hasta la fecha del director nacido en Munich. Su ritmo, aunque necesario y coherente con lo que se cuenta, es quizá demasiado espeso en algunas fases y puede que la mencionada renuncia al radicalismo que el autor hace en esta cinta le termine pasando factura dando lugar a un película con un desarrollo algo plano.

Sin embargo, el debate que plantea y  las múltiples preguntas que lanza al espectador hacen de La cinta blanca sea, la película más seria de la carrera de Haneke bajo mi punto de vista. Mucho más en la estela del planteamiento filosófico de El Tiempo del Lobo que en la experimentación narrativa de 71 fragmentos de una cronología al azar (M. Haneke, 1994).

Una mirada al pasado que pone encima de la mesa el debate sobre el origen de un presente cada vez más deshumanizado, donde la guerra es un negocio y el desarrollo personal se basa en la competitividad obediente. Una buena muestra de ese “otro” tipo de cine que cuenta más de lo que muestra tanto de sus creadores como de sus espectadores.

Enlaces:

La cinta blanca, página oficial

La Cinta blanca en Filmaffinity

Michael Haneke

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Como todos los años…

Diciembre 21, 2009 · 6 comentarios

Pues si amigos. Una vez más el frío, las tiendas llenas de gente, los parkings de los centros comerciales abarrotados, la televisión más falsa e insoportable que nunca, el turrón de chocolate y las sempiternas resacas en las que uno se replantea su vida (y a veces la de los demás): es Navidad.

Lo cierto es que nos puede gustar más o menos (o puede que nada) esta época de año, pero desde pequeños la hemos vivido como algo especial, tan plasta como a veces estimulante así que aunque sólo sea por la posibilidad de que por fin este año nos regalen lo que de verdad queremos y no lo que nos quieren regalar, os deseo a todos los lectores de Operation Kino una navidad de película.

No se me ha ocurrido una mejor forma de hacerlo que recordar con vosotros algunas de las películas navideñas que más se han grabado en mi memoria en todos estos años.

Así que, sin ningún ánimo de ser exhaustivo y esperando recibir vuestras propuestas, abro esta entrada para contaros cuales han sido mis películas preferidas con la navidad como fondo.

Seguramente me estaré olvidando de los clásicos que a todos nos vienen a la cabeza como: Qué bello es vivir (F. Capra, 1946), Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990), Gremlins (Joe Dante, 1984), etc. Pero como ya he dicho no pretendo hacer aquí un reportaje profundo sobre el tema sino más bien aprovechar el poco tiempo del que dispongo estos días para felicitaros las fiestas con las historias de navidad con las que más he disfrutado ante la  pantalla.

Al pensar sobre ello, he de decir que me he sentido gratamente sorprendido al comprobar que mis dos títulos preferidos de la temática del espumillón y el mazapán son españoles. Y es que, puede que sea porque las empalagosas historias yankis de la nieve y señores borrachos con barba vestidos de rojo se me suelen atragantar pero la verdad es que ninguna película representa la Navidad tan brillantemente para mí como lo hacen Placido (L. G. Berlanga 1961) y El día de la bestia (A. de la Iglesia, 1995).

Cada una a su manera retratan la extraña sensación que con mayor o menor molestia envuelve el ambiente estos días, por eso y con vuestro permiso aprovecho para recordarlas.

Placido, de Luís García Berlanga

Esta historia de hipocresía, falta de medios y pavos al horno resulta a día de hoy todo un documento de lo que fue la España de la posguerra tardía. En un análisis más profundo de ésta (a mi entender) obra maestra del cine nacional, podríamos hablar de la genial interpretación de López Vázquez, del excepcional y frenético guión en el que se mueven los personajes además de un buen puñado de cosas más. Sin embargo, lo que creo que resulta más reseñable es el mensaje que empapa toda la historia. Un mensaje que habla sobre todo de la falsedad de unas fiestas que no por eso pierden la capacidad para convertir lo cotidiano en mágico, extraño o a veces esclarecedor.

Recuerdo que la primera vez que la vi no dejaba de pensar en lo poco que muchas veces se valoran las cosas que de verdad importan cuando se está bajo las luces navideñas.

La secuencia final en la que suena el mítico villancico, que según he leído fue compuesto por el propio Berlanga, resulta letal. Es bajo mi punto de vista uno de los finales más coherentes y demoledores del cine español.

Aquí os dejo un fragmento para que la recordéis los que la habéis visto y para que os entre el gusanillo navideño a los que no.

El día de la Bestia, de Alex de la Iglesia

Sin duda mi preferida. Una película que el cine español necesitaba en su momento. Irreverente, ácida y por encima de todo entretenidísima historia de curas colocados, hijos de Satanás y bandas de extrema derecha campando a sus anchas por el Paseo de la Castellana de Madrid.

El pretexto navideño en esta cinta es tan imprescindible como original. Nunca antes la noche madrileña fue llevada a la gran pantalla de manera tan hipnótica. Al igual que en el caso de Placido, un ensayo más amplio me daría para hablar de las interpretaciones, de algunos diálogos o especialmente de la fotografía de esta película, precursora de parte del cine de terror español que triunfa últimamente.

Recuerdo que esta película tardó muchísimo en estrenarse en mi cuidad natal, (según dice la leyenda por culpa  de las reticencias del obispado de Segorbe), lo cual no sirvió sino para que yo y mis amigotes fuéramos en masa y lo pasáramos en grande el día del esperadísimo estreno.

Aunque la obra de Alex de la Iglesia se ha ido “formalizando” con los años, lo cierto es que a día de hoy El día de la Bestia tiene toda la pinta de convertirse en una película de esas que marcan a toda una generación.

Aquí os dejo un fragmento para todos aquellos que como yo un día lo pasasteis de miedo con el Profesor Cavan.

Pues nada, espero que entre mazapán y polvorón os paséis por aquí y me contéis vuestras pelís de navidad preferidas un saludo a todos!!!!

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Lo que se puede y más

Noviembre 10, 2009 · 13 comentarios

Celda 211, Daniel Monzón 2009

Las primeras imágenes de la nueva película de Daniel Monzón, Celda 211, conforman uno de los arranques más interesantes del cine español reciente.

Prácticamente en silencio y en la oscuridad, el director imbuye al recién llegado espectador en una sórdida y viciada atmósfera de la que la trama de la historia sólo será capaz de salir con los pies por delante.

Juan Oliver, un inexperto funcionario de prisiones interpretado por el debutante Alberto Ammann, se ve envuelto en su primer día de trabajo en un violento motín encabezado por Malamadre (Luís Tosar), un presidiario capaz de movilizar al resto de presos a su voluntad. En este contexto, la historia deambulará entre múltiples traiciones, venganzas, estratagemas y algún giro narrativo.

En conjunto, Celda 211 funciona como una película sólida que combina una trama intensa y sin tregua con una puesta en escena todo lo violenta y claustrofóbica que puede ser una película de acción carcelaria.

Cuatro años después de La caja Kovak, Daniel Monzón firma con Celda 211 su cuarta película. Y con ella, su cuarto intento por sacar adelante un proyecto cinematográfico  diferente a la amalgama de comedias y dramas angustiosos (guerra civil incluida) que representan el grueso de  la producción fílmica española.

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Malamadre, personaje crucial en las carreras de Monzón y Tosar

Así, el director de El corazón del Guerrero (1999), tras haber conseguido un éxito poco menos que discreto con sus películas en la presente década, parece haber dado en el clavo esta vez (o casi) con el tipo de planteamiento que iba buscando desde su primera obra. Es decir, un cine español distinto, atrevido (incluso osado), capaz de tratar temas comunes en el cine norteamericano con el lenguaje propio del cine europeo en general y español en concreto.

Lo hizo con la irregular La caja Kovak (2005), cuyas pretensiones terminaron por lastrar el resultado final y lo hace ahora con Celda 211, donde una estupenda selección de actores y un guión rendido a la tensión más que a los alardes visuales, hacen de ésta su mejor obra hasta la fecha (y probablemente su gran éxito en la próxima edición de los premios Goya).

La película bebe de la estética de multitud de filmes carcelarios provenientes del otro lado del Atlántico, sin embargo, la puesta en escena oscura y sucia de los despachos de los funcionarios y la policía recuerda directamente a un cierto “cine español de la delincuencia” de películas como El lute II: mañana seré libre (Vicente Aranda, 1988), o la mítica serie policial emitida en TVE en los 90: Brigada Central (Pedro Masó 1989).

No obstante, estas referencias terminan por quedarse en el apartado más estético de la cinta siendo su principal conquista el haber armado un lenguaje propio, coherente y creíble capaz de demostrar por sí sólo que el cine de acción español enfocado al gran público se puede hacer y se puede hacer bien.

Por encima de todo esto…Luis Tosar. Y es que la interpretación del actor gallego vuelve a ser impresionante. Junto con su trabajo en Los Lunes al Sol (Fernando León de Aranoa, 2002), la encarnación en esta cinta del presidiario Malamadre es probablemente su mejor actuación hasta la fecha. Se trata de un personaje oscuro y entrañable al mismo tiempo. Con una forma de expresarse tan creíble como intimidante.

Alrededor de él se mueven unos secundarios brillantes entre los que destacan Luís Zahera y Vicente Romero (tambíen son destacables las apariciónes de Antonio Resines y Marta Etura), y un co-protagonista de la historia, Alberto Ammann cuya actuación resulta en mi opinión algo irregular.

Este último dato, unido al primer cuarto de la cinta puede que sean los puntos más negativos de Celda 211. Y es que, aunque la trama termina por imponerse conforme avanza la historia, los diálogos (sobre todo aquellos que fijan el planteamiento inicial), van desde la genialidad hasta las situaciones algo esperpénticas, con conversaciones que podrán hacer reír cundo en principio no deberían.

Da la sensación que en esta película se tenía muy claro qué es lo que iba a suceder, pero no tanto cómo se iba a desencadenar la situación descrita en pantalla, esto es: el motín carcelario.

A pesar de todo esto, creo que Celda 211 merece la pena aunque  sólo sea  por la valía de la propuesta por un cine español diferente que películas como esta  pero también como Rec (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007) o La Soledad (Jaime Rosales, 2007), representan.

Por eso y porque por encima de sus fallos la película funciona y funciona muy bien. Parece ser que al igual que Malamadre por su cruzada carcelaria, directores como Daniel Monzón también “hacen lo que pueden” por cambiar la monotonía general que el cine español ha ido arrastrando en las pasadas décadas. Ojala que esta obra siente un precedente no tanto por su calidad sino como por su valentía y desparpajo.

Enlaces:

Celda 211, official site

Celda 211, en Filmaffinity

Luis Tosar

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La realidad del anonimato

Noviembre 2, 2009 · Dejar un comentario

Sin nombre, Cary Fukunaga 2009

Desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que el anonimato se dicta con demasiada frecuencia. Ganarse un nombre y con ello la dignidad dentro de la feroz maquinaria capitalista, se complica de manera sobrehumana cuando uno ha nacido en la despensa del sistema. Por esto y también de manera cada vez más frecuente, las únicas salidas para conseguir hacer frente a la condena del anonimato son: o bien plantarle cara violentamente a la propia condición o bien huir desde la  despensa hasta la sección de “venta al público” de este enorme centro comercial en el que se nos está convirtiendo el planeta.

La verdad es que pone los pelos de punta pensar en las pocas (o ningunas) barreras con las que se topa el comercio a gran escala en su desfilar por el mundo, y la auténtica odisea que diariamente viven millones de personas en una huída que para ellos resulta tan lógica como necesaria y (en ocasiones) fatal.

Sobre este hecho y sobre las condiciones que lo provocan trata Sin nombre, la opera prima del estadounidense Cary Joji Fukunaga, por la cual fue galardonado como mejor director en el último Festival de cine independiente de Sundance (donde además la cinta consiguió el galardón a la Mejor Fotografía).

Sin nombre2

El retrato de la realidad de los movimientos migratorios, uno de los puntos fuertes de Sin nombre

La película, rodada en castellano y coproducida por Estados Unidos y Méjico (entre los productores principales se encuentran los actores mejicanos Diego Luna y Gael García Bernal), presenta un arduo retrato de la realidad en muchas partes del continente sudamericano. Tanto la falta de alternativas para una juventud abocada al laberinto de las bandas callejeras (el sur de Méjico y la Mara Salvatrucha), como el día a día de muchas familias que viven con la aspiración de hacer posible un futuro (¿mejor?) allá donde la gente viaja en el interior de los trenes y no en el techo.

De esta forma, la historia que se cuenta gira en torno a las vivencias de Casper (Edgar Flores), un joven mejicano miembro de la Mara y Sayda (Paulina Gaitán) una joven hondureña que se verá obligada a emprender un viaje en busca no sólo de su futuro sino también de su propia identidad.

Con una mezcla de formatos entre cine social y de aventuras (con evidentes rasgos de road-movie), Fukunaga intenta mostrar en esta película tanto el viaje hacia ninguna parte de los protagonistas como la realidad cotidiana que los empuja hacia las vías del tren donde se desarrolla la mayor parte del relato.

El resultado termina por ser una cinta muy sólida y coherente que además consigue trasladar al espectador la situación real del mundo en el que vive, donde haber nacido unos kilómetros más allá del corazón del sistema acaba por ser razón suficiente para que la vida se convierta en una carrera de fondo.

Con una factura casi impecable y unas interpretaciones ciertamente creíbles, quizá el único pero que se le puede achacar a su prometedor director (un excepcional estudiante de la Universidad de Nueva York de padre japonés y madre sueca), es el “juicio” que la película dicta sobre algunos de los personajes. Un dato que por otro lado sirve para que la historia deje muy claro su mensaje hacia el final del metraje siendo el arranque el que resulta más interesante desde el punto de vista documental.

Formalmente Sin nombre podría situarse en la línea de películas como la colombiana María, llena eres de gracia (Joshu Marston, 2004) o incluso la norteamericana Fast Food Nation (Richard Linklater, 2006). Filmes más o menos recientes que tratan la realidad actual de millones de seres anónimos que diariamente se juegan la vida por llamar a las puertas de su destino.

Bajo mi punto de vista, creo que Sin nombre es una película necesaria para muchas de nuestras conciencias. Mucho más interesante que bastantes de las películas en cartel de este periodo pre-navideño.

Quizá las próximas fiestas navideñas hubieran sido un mejor momento para su estreno, ya que hubiera sido una oportunidad para reflexionar, entre tantos regalos con un nombre pegado al envoltorio, que es lo que queda para aquellos que no se llaman de ninguna manera

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Roman Polanski

Octubre 23, 2009 · Dejar un comentario

El inquilino de Este

Cualquier personaje, caricatura, dibujo o representación metafórica suele tener un anclaje en la realidad. La imaginación humana casi siempre necesita un punto de partida desde el cual echar a volar. Por eso es importante el cine, pero también la literatura en cualquiera de sus formas y el arte en general, porque ofrece a todo aquel dispuesto a levitar sobre el suelo la capacidad de alzarse sobre la cotidianeidad.

Nuestras vidas no son guiones de películas, ni tampoco de seriales. Más bien, se mueven entre la heterogeneidad de contenidos y la homogeneidad de la rutina diaria.

Sin embargo, hay vidas que al ser contadas están más cerca de ser un relato para la imaginación que una sucesión más o menos lógica de acontecimientos reales.

Este es el caso de la  particular circunstancia vital del director que nos ocupa, Roman Rajmund Polanski (Paris, 18 de agosto de 1933).

Nacido en el seno de una familia de ascendencia judía, Polanski emigró muy joven de Francia a Polonia, donde sus padres esperaban encontrar más seguridad para su familia tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial. En una especie de prólogo de lo que iba a ser su vida, la decisión no pudo ser más desgraciada. La Alemania del III Reich comenzó sus planes de invasión europea por Polonia y el joven Polanski  vio como su padre era recluido y perdió para siempre a su madre en un campo de concentración.

joven Polanski

El joven Polanski se convirtió en un valor en alza del cine europeo

Tras una infancia marcada por la pérdida y la dura postguerra, desde la adolescencia Roman se interesó por el arte de la representación. Después de unos años formándose como actor teatral cursó sus estudios en la Escuela de Cine de Lodz y así llegaron sus primeros cortometrajes rodados en Polonia.

La fama y el reconocimiento recogidos por estas primeras obras convirtieron a Polanski hacia el final de los 50 en la gran esperanza cinematográfica de un país arrasado por la guerra y mucho más preocupado por otras cuestiones que por las imágenes de la gran pantalla.

En 1961 el director franco-polaco dirige su primer largometraje El cuchillo en el agua, una obra que vista hoy resulta una especie de muestrario de los rasgos más característicos de su cine. Con una historia de sólo tres actores, un barco y muchísima tensión Polanski mostró al mundo del cine su gusto por los escenarios claustrofóbicos, personajes psicológicamente impenetrables y situaciones asfixiantes. La película funcionó bien a nivel europeo pero sobre todo sirvió como carta de presentación al otro lado del Atlántico donde fue nominada al Oscar como mejor película extranjera.

El reconocimiento internacional situó definitivamente la figura de Polanski entre los directores europeos emergentes de la época, y dos años más tarde viajó a Inglaterra para meterse de lleno en el que iba a ser su segundo largo, Repulsión. Una cinta por la que recibió su primer premio importante, el Oso de Plata en el festival de Berlín y que, junto a Cul de Sac (galardonada al año siguiente con el Oso de Oro en el mismo festival), representa lo más destacado de la primera época europea del director.

Con un estilo claramente reconocible y con la crítica internacional pendiente de sus pasos Polanski encaró los tres últimos años de la década de  los 60 sin saber que en ellos iba a ser capaz de vivir los mejores y también los peores momentos de su vida.

En un momento clave de su carrera a nivel personal y profesional el director rodó en el Reino Unido la que hoy es una de sus películas más recordadas, El Baile de los Vampiros (1968). La historia intentaba ser una parodia de las entonces muy populares películas de vampiros de la productora británica Hammer. No obstante, el agudo humor negro y sobre todo las hipnóticas localizaciones y banda sonora, terminaron por convertir la película en una de las más inquietantes a nivel visual de su filmografía.

El baile de los Vampiros, aunque en su día fue mutilada por la censura y ciertamente menospreciada por la crítica, vista hoy resulta una muestra de Polanski en estado puro. En ella el director es capaz de alternar  secuencias cómicas montadas a cámara rápida con escenas terroríficas de enorme tensión y belleza.

Polanski con Tate a finales de los 60

Polanski con Tate a finales de los 60

A nivel personal la película le sirvió para conocer a la actriz norteamericana Sharon Tate,  la que fue su segunda esposa (se casó por primera vez con la actriz Barbara Lass a la edad de 21 años), y cuya trágica muerte le marcó psicológicamente para siempre.

Tras su boda con la guapísima Tate en 1968, Roman emigró a Estados Unidos dispuesto a hacerse un hueco entre los grandes directores a nivel mundial. Así, inmerso en la lógica de los grandes estudios americanos, el director intentó llevar a cabo una película fiel a su estilo. Algo con lo que impresionar al público estadounidense y conmocionar a la crítica mundial desde la meca del cine. El resultado de este empeño fue  La Semilla del Diablo (estrenada en 1968 y cuyo título original fue Rosemary’s Baby).

La película no solamente fue un éxito rotundo con varias nominaciones al Oscar, sino que impactó de tal manera al público que hoy en día se puede entender como la precursora de cierto cine de terror psicológico y de temática ocultista.

En este momento Polanski de 35 años, esperaba su primer hijo de Sharon, su valía como director era incuestionable y los grandes estudios hacían lo imposible por tratar de contratar a ese director europeo de aspecto siniestro capaz de  conseguir que una chica tan angelical y “americana” como Mia Farrow aterrorizara al mundo en La Semilla del Diablo.

Sin embargo y por segunda vez en su vida, la pérdida y la desgracia se iban a cebar de golpe con el director franco-polaco. La madrugada del 9 de agosto de 1969, mientras Roman se encontraba en Londres por el rodaje de El día del delfín (obra que nunca llegó a acabar), varios miembros de la secta “La Familia” liderada espiritualmente por Charles Manson irrumpieron en la mansión que el director poseía en Los Ángeles y asesinaron brutalmente a su esposa embarazada de ocho meses y a varios amigos de la pareja.

Polanski supo de la noticia al día siguiente y acto seguido voló hacia Los Ángeles. Las imágenes de aquel momento muestran al director completamente abatido por un golpe que, según el mismo ha reconocido en su biografía “Polanski por Polanski” (1985), nunca ha llegado a superar.

Tras un periodo de inactividad de unos dos años, la entrada en los 70 vino marcada por el rodaje de las que si duda son sus dos películas menos conocidas: la producción británica Macbeth (1971) y la italiana ¿Qué? (1972), la cual no llegó a estrenarse en España por culpa de la censura.

Ya en 1974, Polanski regresó a Estados Unidos para rodar una de sus películas más reconocidas por la crítica y la que le valió el retorno a la cumbre cinematográfica. Se trata de Chinatown, un auténtico homenaje al cine negro americano con Jack Nicholson, Faye Dunaway y John Houston en el reparto. La cinta, que contiene un discurso claramente pesimista y la sórdida atmósfera habitual del cine de Polanski, llegó a conseguir hasta 11 nominaciones a los Oscar (de las cuales consiguió solo el premio al Mejor guión original). Además, Chinatown alumbró una de las frases más reconocibles hoy por hoy de la producción hollywoodiense de los 70: “Forget it Jake. It’s Chinatown” (frase a la que se ha hecho referencia en multitud de películas posteriores  y en series televisivas como Los Simpson o C.S.I entre otras).

Chinatown, 1974

Tras el éxito conseguido con Chinatown, el director se embarcó en un ambicioso proceso de producción que finalmente se vio obligado a abandonar por no encontrar financiación. Se trataba de Piratas, un proyecto para un film de aventuras que retomaría unos diez años más tarde.

Ofuscado por no ponerse de acuerdo con ninguna productora americana Roman viajó ese mismo año, 1975, a Francia donde firmó un contrato para filmar un nuevo thriller psicológico. Este rodaje estuvo marcado por la presión de las autoridades francesas para que el largometraje estuviera listo a tiempo para estrenarse en el festival de Cannes de 1976.

El resultado de esta situación fue El Quimérico Inquilino (Le Locataire), una película denostadísima por la crítica en su día (terminó fracasando estrepitosamente en Cannes) pero que con el paso del tiempo se ha convertido en un auténtico punto de referencia en la filmografía de Polanski. La historia, narra las vivencias de un joven inquilino (interpretado por él mismo) que trata de llevarse bien con sus nuevos vecinos en un edificio de Paris.

El quimérico inquilino, la comunidad de vecinos más inquitante de la história del cine

El quimérico inquilino, la comunidad de vecinos más inquitante de la história del cine

El humor negro, las situaciones paranoicas, la tensión y de una manera muy especial el ritmo por medio del cual la película se va convirtiendo en una asfixiante locura, le han válido a El Quimérico Inquilino para ser hoy una de las películas más valoradas por los aficionados al cine de este director. Personalmente, creo que en ninguna cinta como en esta se puede “sentir” la capacidad de este genio para crear atmósferas claustrofóbicas. Tanto la puesta en escena (con marionetas, momias y patios de luces), como la fotografía y el guión (firmado por el propio Polanski con la ayuda de Gérard Brach), se conjugan a la perfección para dar lugar a algunas de las secuencias más interesantes rodadas hasta la fecha por este cineasta.

Tras el fracaso parcial de su última producción, viajó de nuevo a Estados Unidos con la idea de tomarse cierto tiempo para llevar a cabo un proyecto con el que igualar los éxitos de Chinatown y La semilla de Diablo. Sin embargo, un nuevo giro narrativo en el retorcido guión de su propia vida hizo que el director se viera envuelto en uno de los mayores escándalos del Hollywood más o menos reciente.

En 1977 la revista Vogue encargó a Polanski  una serie de fotos de chicas jóvenes para ser publicadas en la revista. En este contexto, una de las chicas fotografiadas, Samantha Gailey de tan sólo 13 años de edad presentó cargos contra el cineasta por abuso sexual.

Según declaró la joven, Polanski la llevó hasta la casa de Jack Nicholson, ausente en aquel momento, con la intención de realizar una sesión fotográfica en el jacuzzi. Después de haber tomado algunas instantáneas la chica aseguró que el director le dio champán y drogas y que más tarde la violó.

Imagen tomada durante el proceso del "caso Polanski"

Imagen tomada durante el proceso del "caso Polanski"

Roman Polanski terminó siendo acusado de violación, perversión y sodomía, administración de drogas a una menor y mantenimiento de una relación sexual ilícita.

Su vida se vio entonces prácticamente anulada por un proceso judicial muy largo y complicado, y por la presión de la prensa norteamericana que pidió abiertamente una condena ejemplar para el director.

Versiones sobre este hecho hay tantas como interpretaciones psicológicas se podrían hacer de cualquiera de las películas de Polanski. Lo cierto es que tras llegar a un acuerdo con el fiscal del Estado y la acusación particular, el cineasta se declaró culpable del menor de los delitos que se le imputaba, mantenimiento de una relación sexual ilícita con una menor, por lo que fue condenado a 90 días de reclusión (bajo concepto de “proceso de evaluación psicológica del acusado”).

El nombre de Samantha Gailey quedaría unido para siempre al de Polanski

El nombre de Samantha Gailey quedaría unido para siempre al de Polanski

Cuando sólo había cumplido 42 días de condena, fue puesto en libertad por las autoridades de la prisión donde se encontraba y en vista de que su proceso se iba a seguir alargando en el tiempo (el juez se mostraba dispuesto a que cumpliera la condena de forma integra) decidió coger un avión el 1 de Febrero de 1978 para refugiarse en Francia y no volver a Estados Unidos jamás.

Los tratados internacionales entre USA y Francia contemplan que el país galo se reserve el derecho de deportar o no a los ciudadanos franceses reclamados por la justicia más allá de sus fronteras. Un hecho que le ha valido ha Polanski para esquivar un caso judicial que lo reclama desde hace más de 30 años.

El Inquilino del oeste

En el terreno profesional, la huída de la justicia americana sirvió a Roman Polanski para dar continuidad tras El quimérico inquilino, a su segunda etapa europea como director. Así en 1980 se estrenó Tess , una película basada en una novela de Thomas Hardy, que Sharon Tate regalo al director días antes de ser asesinada.

La película fue un éxito rotundo en su estreno y paradójicamente hizo que Roman volviera a triunfar en Estados Unidos donde, esta historia sobre una joven campesina (interpretada por Nastassja Kinski) obtuvo tres Oscars.

Nastassja Kinski en Tess

Nastassja Kinski en Tess

El éxito (que en cierta medida desvió la atención de sus problemas con la justicia) dio paso al periodo sabático más largo hasta la fecha en la carrera de este creador.

Tras unos nueve años alejado de los rodajes, Polanski volvió a retomar su proyecto Piratas, filme que finalmente se estrenó en 1986 y que supuso el mayor fracaso comercial de toda su carrera.

Con 53 años de edad y habiéndose creado un personaje de si mismo a la altura de los que aparecen en sus guiones, Polanski sintió como parte de la crítica que hasta el momento le había respaldado comenzaba a cuestionar su capacidad para mantener su trabajo a la altura de sus primeras obras.

No obstante, en 1989 volvió a las salas con Frenetico, un thriller rodado mayoritariamente en Paris y para el que contó con la presencia de Harrison Ford (un autentico reclamo para el público estadounidense del momento). La película funcionó ciertamente bien en taquilla y sirvió para que el director estableciera relaciones con la que hoy es madre de sus dos hijos, la actriz francesa Emmanuelle Seigner.

De este modo, el director entró en la fase que quizás resulte más comercial de toda su carrera: la década de los 90. En este periodo películas como Lunas de hiel (1992), o sobre todo La Muerte y la doncella (1994), demostraron a la crítica más negativa de cara a Polanski la permanencia de su talento como cineasta sin embargo, nunca llegaron a alcanzar los niveles de “autoría y singularidad” de sus obras de los 60 y 70.

Lunas de hiel,1992

Como punto final a esta década algo irregular en su filmografía, el director rodó La novena puerta (1999), una película basada en una novela del español Arturo Pérez Reverte (El club Dumas) y que contó con Johhny Depp como actor principal. El éxito comercial de esta cinta se combinó con el fracaso estrepitoso de cara a la crítica cinematográfica, que casi con unanimidad considera esta historia de tintes satánicos la peor obra con diferencia de las rodadas hasta ahora por el director parisino.

Con el nuevo milenio llegó de nuevo el éxito con mayúsculas. En 2002 se estrenó en salas El Pianista el último gran éxito por ahora de Roman Polanski y película por la que consiguió el Oscar al mejor director entre otros premios importantes como la Palma de Oro en el festival de Cannes.

La cinta contaba de manera magistral las vivencias de Wladyslaw Szpilman, un pianista polaco de origen judío superviviente de la Segunda Guerra Mundial. Aunque es considerada por muchos como su obra más “convencional” El Pianista, terminó resultando toda una reivindicación del “cine comercial y de calidad” europeo de la mano de uno de sus directores más reconocibles y reconocidos.

Adrian Brody interpreta a Szpilman en El pianista

Adrian Brody interpreta a Szpilman en El pianista

Una vez más, tras el éxito internacional de esta película el recorrido tanto personal como profesional de Polanski volvió a atravesar por momentos difíciles.

Con una clara predilección por rodar cintas de gran presupuesto, tras El Pianista rodó Oliver Twist (2005) de presupuesto elevadísimo y con resultados en taquilla bastante discretos.

Siguiendo la estela de las grandes producciones, en 2007 el director se comprometió para el rodaje de la que iba a ser la película más cara en la historia del cine europeo, Pompeya, un proyecto que sería llevado a cabo en los estudios Cuidad de la Luz en Alicante.

Meses después de embarcarse en esta aventura en septiembre de 2007 el director abandonó el rodaje por cuestiones que no terminan de estar del todo claras.

En 2009 y como último trabajo hasta la fecha, el director comenzó en Alemania el rodaje de The Ghost. Una película en la que él mismo escribe el guión basándose en una novela del británico Robert Harris (El poder en la sombra). Poco se sabe de esta película más allá de su reparto en el cual destacan actores como Ewan McGregor, Pierce Brosnan o Jim Belushi.

Con un estreno previsto para febrero de 2010, el futuro de esta película y el del propio Polanski entró en terreno incierto cuando éste fue detenido de manera sorprendente el pasado 26 de septiembre en Suiza, país al que el director había sido invitado para recibir un premio honorífico en el Festival de Cine de Zurich.

Las razones de su detención son la orden de busca y captura que desde la otra orilla del Atlántico de cierne sobre él desde hace treinta años,  y las condiciones de los tratados internacionales entre EE.UU. y Suiza que esta vez no amparan los intereses del cineasta.

En los últimos días, Roman Polanski ha estado recluido en un centro penitenciario suizo de donde sólo se le ha permitido salir por cuestiones de salud.

Desde el momento de su detención numerosas personalidades del mundo del cine han alzado su voz a favor del director franco-polaco de 76 años de edad. Sin embargo, otras voces (entre ellas también la de algún profesional de la gran pantalla) han pedido que la justicia actúe libremente sobre Polanski por encima de su status o condición profesional.

Actualmente Polanski se encuentra a la espera de ser deportado a EE.UU. De momento la libertad condicional le ha sido denegada debido al "alto riesgo de fuga".

Actualmente Polanski se encuentra a la espera de ser deportado a EE.UU. De momento la libertad condicional le ha sido denegada debido al "alto riesgo de fuga".

Personalmente, considero que cualquier persona culpable de cometer los delitos de los que se acusa a Polanski debería terminar respondiendo ante la justicia. Aunque lo cierto es que, de la misma forma que creo que si se tratara de un proceso judicial abierto contra una persona menos conocida ningún personaje famoso se hubiera molestado en implicarse, también pienso que si así fuera, el juez del caso (quien terminó siendo acusado de farsa por el propio fiscal del caso además de la acusada) y la prensa norteamericana tampoco hubieran mostrado tan descaradamente su afán de protagonismo.

Más allá de lo personal, lo cierto es que Roman Polanski (nos caiga bien o no), forma parte de la historia de Europa, y no sólo en el terreno del cine. A la espera de que llegue el próximo giro inesperado de guión, su vida con todos sus aciertos y errores ha hecho de él una constante incógnita en la que decidir entre héroe o villano. Algo de lo que el director se ha valido para crear algunas de las películas más fascinantes de la historia del cine de Hollywood y el  viejo continente.

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Psicología alunizante

Octubre 13, 2009 · 3 comentarios

Moon, Duncan Jones 2009

El futuro ya no es lo que era. Las imágenes de un futuro tecnológicamente perfecto, con coches voladores que demuestren el arrogante avance del ser humano ya no se las cree nadie. Mas bien, el futuro se presenta como un terreno peligroso, un horizonte donde podemos terminar pagando las concesiones al feroz modelo de productividad que adoptamos en el presente.

En esta línea de exploración de un futuro hostil, donde el hombre moderno ha conseguido expandir su capacidad de explotación  más allá de su propio planeta, se mueve Moon (Sony Pictures Classics / Liberty Films UK, 2009) la cinta triunfadora en el último festival de Sitges 2009 y estrenada en salas el pasado viernes.

La película supone el debut cinematográfico del director británico Duncan Jones (Kent, 30 de mayo de 1971), autor de varias campañas publicitarias en el Reino Unido e hijo del legendario músico David Bowie.

Con sus cuatro premios en Sitges (mejor película, mejor actor, mejor guión y mejor diseño de producción), esta historia lunar de soledad y autoexploración psicológica, supone una  vuelta al cine de ciencia ficción desde un prisma más introvertido e inquietante. Una reivindicación de un género que alcanzó sus máximas cotas de expresividad a lo largo de la década  de los 70 para ir lentamente trasladándose hacia el terreno de la acción.

Por eso, es imposible que las imágenes de Moon no remitan directamente a películas como 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), Solaris (Andrei Tarkovski, 1972) o Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979), estando por su planteamiento formal mucho más cerca de la primera que de ninguna otra.

La cinta cuenta la historia de Sam Bell (Sam Rockwell), un empleado de Lunar Industries Ltd, encargado de gestionar las extracciones de mineral en el satélite con la única compañía de Gerty, un robot responsable de mantener la base lunar y que funciona como una especie de redención cinematográfica de  Hal 9000, el robot malvado por excelencia retratado por Kubrick en 2001: Una odisea en en el espacio.

Cuando sólo quedan unas semanas para que Sam finalice su contrato de 3 años (algo que termina por ser una sutil referencia a Blade Runner, Ridley Scott 1982), un accidente en la superficie lunar hará que éste comience a plantearse peguntas que lo enfrentarán a sí mismo a través de una serie de situaciones ilógicas pero reales.

SAm Rockwell en la interpretación mas complicada de su carrera

Sam Rockwell en la interpretación mas complicada de su carrera

En conjunto, esta primera obra de Duncan Jones presenta toda una amalgama de referentes cinematográficos a otras películas que sin embargo, cobran sentido gracias a un guión sólido y entretenido a cargo de Nathan Parker. Y es que el paisaje lunar termina  funcionando más como metáfora del aislamiento psicológico de Sam que como excusa para arrancar la acción.                                                                                                                                                                                                                                   De esta forma, más de la mitad de la historia se desarrolla en el interior de la base y  son los diálogos que mantiene Sam consigo mismo y con Gerty (cuya voz es la de Kevin Spacey), los que hacen avanzar la narración a lo largo de sus fases.

Sin duda, Moon es una película que disgustará a todos aquellos que busquen una ciencia ficción copada de efectos especiales y con una acción trepidante sin concesiones al espectador  (en plan Desafío Total o Fantasmas de Marte), pero lo cierto es que su seria puesta en escena y su implícita reivindicación del género resultan a mi entender en una de las películas de ciencia ficción más interesantes vistas en los últimos años.

Aunque bien es cierto que aspectos como la gesticulación del “emoticono” de Gerty en determinados momentos clave de la película o la constante partitura musical de Clint Mansell (habitual de Darren Aronofsky), pueden resultar algo irritantes al espectador, también lo es que la excelente y “compleja” interpretación de Sam Rockwell y la inquietante y desoladora fotografía conseguida por Gary Shaw, hacen que Moon resulte una película recomendable para todo aquel que eche de menos cierto punto de vista filosófico en el cine de ciencia ficción.

Los premios que va cosechando la película vienen a destacar la valentía de Duncan Jones al atreverse con una historia tan introvertida y en la que se intuye una cierta capacidad para dividir al publico entre defensores y detractores.

Solo por esto merece la pena el paseo lunar por la psicología humana.

Enlaces

Moon, página oficial

Moon en Filmaffinity

Sitges 2009, palmarés

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Te suena la foto?

Octubre 9, 2009 · 28 comentarios

Cualquier excusa es buena para volver a recordar grandes películas. Desde este momento en Operation Kino te desafio a que reconozcas a qué film pertenecen los diferentes fotogramas que aparecen en pantalla. Una vez quede descifrado cada fotograma en cuestión, nuevos retos irán apareciendo en la cabecera de este blog. Espero que la búsqueda os resulte divertida y por supuesto que participeis con vuestras sugerencias.

En cuanto al fotograma de estos días, no se me ocurría una película mejor para inaugurar un blog de cine…

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Luces, cámara…

Octubre 8, 2009 · 4 comentarios

Cine. Si en algo se diferencia el ser humano de sus demás vecinos en el planeta es en la capacidad de poder representar físicamente aquello que sólo existe dentro de su mente.

Desde los tiempos de la tradición oral en la antigua Grecia, hasta los grandes estrenos en 3D de nuestros días, una de las grandes conquistas del hombre son sus historias, sus ficciones y su obsesión por retratar el subconsciente individual y colectivo.

Con todo, una película siempre es algo más que eso. Se trata también de una puerta abierta para salir de tu propia vida durante  dos horas más o menos. La posibilidad de viajar, amar, odiar, evadirse o unirse a una causa en la oscuridad de una sala rodeado de extraños que por un momento  se convierten en compañeros de viaje más allá de sus propias vidas.

Las películas llevan acompañándonos toda la vida. El día 22 de marzo de 1895 se puso en marcha una maquinaría que quedaría para siempre ligada al devenir de nuestro paso por la Tierra. Un aparato que a partir de ese momento sería testigo y cómplice a la vez de los diferentes momentos, situaciones y conflictos que marcan el paso de toda una era. Pero por encima de sus efectos sobre todos nosotros, lo realmente asombroso del cine es su capacidad para explicar la vida de millones de particulares de manera diferente entre unos y otros.

Las películas en realidad no son un Oscar, tres nominaciones, o una buena o mala crítica, obtienen su verdadero significado cuando se vuelven recuerdos, sensaciones o historias particulares en general, que nos sirven para explicarnos nuestra propia circunstancia vital.

Por eso en Operation Kino te invito a compartir conmigo y con todo aquel que viva el cine como parte de su propia vida, las películas que de alguna manera significan algo para ti por encima de su éxito o fracaso comercial.

Empujado por las eternas ganas de hablar  de cine y el afán por  seguir aprendiendo a veinticuatro fotogramas por segundo, este blog tratará de convertirse en un lugar de debate cinéfilo a través de diferentes secciones como “Sala 1” (actualidad), “Sesión Continua” (reportajes) o “Primer Plano” (actores y directores).

Por descontado desde el cuartel general de esta Operation Kino estamos, no sólo abiertos a la participación de todo aquel que se quiera sumar a la misión, sino también impacientes por recibir vuestros comentarios y aportaciones que darán sentido a este espacio de cine.

En las próximas semanas el blog intentará arrancar ofreciendo contenidos de actualidad y reportajes que tengan siempre como máxima incitar la pasión por el cine.

Anímate, vamos a hablar de pelis…

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